sábado 7 de noviembre de 2009

Eso

El recital fué un éxito. Pero luego, mientras el estruendo de los aplausos se escabullía por las grietas de su memoria y la noche perdía su magia entre las luces del amanecer, se sintió vacío. Vacío como nunca antes. Tanto que la palabra "vacío" lloró a sus espaldas la impotencia para reflejar el estado de su alma.

jueves 25 de junio de 2009

MIRO

Miro el cielo azul
suave, infinito, perfecto
inmaculado, eterno
espacio sagrado, morada de ángeles
luz, pureza, inocencia
justicia y paz
castidad y obediencia
orden, responsabilidad
aromas límpidos
visiones etéreas.

Miro la tierra sucia, áspera
restos de carne muerta
ciudades contaminadas
vómito, diarrea, orina, semen
olores nauseabundos
sonidos estridentes
instintos y pasiones
agresiones, violencia, muerte.

Pero cuando vuelvo a mirar el cielo
veo también distancia, frialdad
separación, no tocarse
rigidez, tiranía, soberbia
intransigencia, obsesión.

Y cuando vuelvo a mirar la tierra
veo también colores y formas
texturas, contrastes
nutrición, crecimiento
caricias y orgasmos
perfumes y música.

Y sé que ya no podré elegir
y sé que elegir no era el problema
y que he de vivir en ambos
o no viviré en ninguno.

miércoles 1 de abril de 2009

NIÑO PERDIDO

Desde mucho antes de nacer, el chiquilín ya nutría los sueños y expectativas de sus padres. Lo recibieron con la misma devoción con que lo esperaron.

Durante sus primeras semanas sufrió de algunos ahogos y resfríos. Consultaron a la vieja nana del barrio. Ella lo miró largo y profundo y no sonrió; lo abrazó acongojada y murmuró “niño perdido, hijo del agua”. Sus padres no comprendieron.

Las afecciones respiratorias se sucedieron, y los médicos lo consideraron asmático. No había cumplido dos años y ya era dependiente del inhalador.

Cuando el chiquilín cumplió ocho años, la familia tomó vacaciones y conocieron el mar. En su primer día de playa, su padre lo acompañó al agua. Y allí, una extraña excitación lo dominó sorpresivamente: corrió aguas adentro y se sumergió. Su padre corrió tras él, lo buscó bajo el agua y lo llevó a la orilla. Alguien ayudó y rápidamente lo reanimaron. Pero sólo a su cuerpo. Su mente y su alma parecían haber desaparecido.

De esto hace ya un año. El cuerpo del chiquilín respira, se alimenta y crece. Pero no mira, ni oye, ni habla: está vacío. Su padre dejó de sonreír y su madre llora por las noches. Sólo la vieja nana sonrió al volver a verlo. Lo acarició y murmuró: “encontraste tu camino; sé feliz y no te olvides de nosotros”.

sábado 14 de marzo de 2009

CUADERNOS

El lago refleja sus transparencias en los ojos de la gente. El viento se llevó lo negro de la tormenta y entre el sol y las últimas nubes crean un espectáculo inquietante de luces y sombras.
Sentado en un escalón, el tipo del cuaderno mira y anota.
Sale el sol y brilla en el pelo de una chica que lee sentada en el muelle. Junto a las lanchas y botes que cuchichean con lenguaje de olas.
Escribe con arrebato, mordiéndose el labio inferior.
Olas que vienen de vaya a saber dónde, para dejarse caer de golpe en la playa. Y salpicar las zapatillas de un chico de remera a rayas que pone todo su empeño en tirar una piedra que alcance la boya; le falta poco, como mucho un año.
Él nunca fue bueno tirando piedras.
Una pareja se sienta en la playa a tomar mate, pero un frío húmedo subiendo por sus médulas les hace comprender que la arena está mojada, y se instalan en el borde de madera de la costanera. La costanera que sabe que el verano se acaba porque ya no pasa tanta gente.
De vez en cuando siente nostalgia de tener una novia. Hace ya dos años de aquella relación.
Pasa otra pareja, tomados de la mano, formando un círculo de complacencia. Y en un banco una señora de sesenta habla con su hija embarazada; se miran con confianza, ríen juntas. Algo revolotea, quizás sus celos, y se distrae por un instante. Su mano, que sigue escribiendo, lo rescata.
El chiquito de la bici va y viene, serio, preguntando con sus ojos cosas que nadie le responde. Su padre, sentado en otro banco, parece cansado; pero cada vez que lo mira, sonríe.
Duda, quizás debería continuar la frase, pero el tiempo está ahí, acechando, y elige seguir.
En la entrada al muelle, un grupo distendido de chilenos analiza la planilla de horarios de las lanchas de paseo; descarta rápidamente la que sale a las ocho y opta por la de las diez.
La tarde se mueve rápido, más rápido que sus palabras. Y la vida es tan amplia, tan compleja. Su cuerpo siente la amenaza y se estremece.
Cruzando la calle, dos mujeres llenas de futuro salen de la heladería con sus hijos. Premio por el primer día de clase.
Sabe que la voracidad con que el pasado engulle al presente es desproporcionada para sus dedos y su birome. No puede rescatarlo todo. Pero igual lo intenta.
Un hombre vestido con mameluco color tedio recoge las bolsas de basura…
Se detiene. Algo en la manera en que uno de los chicos lame su helado, absorto y preciso, con puro deleite, enciende su memoria y lo libera por un momento. Cierra el cuaderno Nº 186. Se levanta, cruza y entra en la heladería. Mousse de chocolate… y dulce de leche.

viernes 13 de marzo de 2009

AMANECE

No duerme, porque teme soñar. Su mirada flota entre dos aguas y sus manos detenidas rodean un vaso. Su silueta oscura se recorta contra la bruma de un cigarrillo. Su alma apenas late partida por la misma cicatriz de luz que antes le dio vida.
Ella ya no está. Sus pisadas blancas se desvanecen en las sombras de un ayer cada vez más espeso. Cada tanto, algo de ella aletea dolorosamente en su memoria: los ojos claros, el vestido rojo, la piel desnuda. Él no se resiste.
Hasta que, inevitablemente, recuerda aquella pálida soledad deslizándose fuera del tiempo; y esa mano quieta entre las suyas. Entonces cierra los ojos apretando los párpados, y bebe. Mientras, de todos modos, sigue amaneciendo.

domingo 22 de febrero de 2009

Por eso...

El hombre intenta caminar. Intenta acortar la distancia entre sus pies y el suelo. Incluso le pide al suelo que suba y lo sostenga.
Alguna vez intentó prescindir del suelo. Creyó que el tiempo no lo alcanzaba y que su mente podía desplegarse hasta el horizonte. Y se sintió volar sobre lo amargo de la vida. Se expuso a mil soles que quemaron su piel, y a vientos helados que rasgaron sus entrañas.
Sus ojos indefensos se dejaron penetrar por los embates de imágenes alucinadas. Hasta que reconoció que nunca hubo alas, ni tampoco vuelo. Y su alma comenzó a girar y girar sobre sí misma intentando sujetar aquella jauría de emociones arrebatadas.
Mira permanentemente, inevitablemente. Miradas que a veces unen y a veces separan: separan porque protegen, protegen porque temen. Miradas que ilumina el asombro y oscurece el miedo.
Más allá, sueños y deseos continúan su danza: se entrelazan, se expanden, se retraen. Unos se quedaron niños. Otros se deshilacharon en las tormentas. Algunos pocos se endurecieron, filosos, y todavía lastiman. Pero, cada tanto, algunos lograron implantarse en el tiempo y engendrar espacios nuevos. Retoños de vida: únicos, casi imperceptibles, casi milagrosos.
Y entonces, al hombre con manos de padre y sonrisa de hijo le crecieron pies. Y esos pies encontraron el suelo. Y caminó. Y durante esos instantes sublimes el hombre se hizo revelación. Y recordó quién es, de dónde viene y adónde va.
Por eso el hombre sigue intentando caminar.

viernes 26 de diciembre de 2008

Setenta y ocho

¿Dónde están mis guerreros?
Sus lanzas, sus caballos
alguna vez blandieron luminosos estandartes
y galoparon furiosos
atronando los valles
de aquella ciudad impávida

pero a golpes de distancia
se quebraron sus armaduras
y los vi languidecer
grises figuras de arena
de rostros apagados y cuencos vacíos

quizás olvidaron de dónde venían
que buscaban
a dónde iban

clamé a Dios
y a las montañas y a las tormentas
pidiendo un hechizo
un conjuro mágico
que les devuelva la fuerza
haga brotar alas en sus cuerpos
poderosas garras en sus manos
y entre un alarido y un relámpago
recuperen mi reino perdido

pero solo me respondió el silencio
y una llovizna persistente y difusa
no hay conjuros
no hay regreso

sólo hay ... ahoras ... instantes
unos tibios
otros fríos
a veces completos
a veces vacíos

sin después.